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Lectura #16: Sakura Namiki

Sakura Namiki

Makoto Takahashi | 1957 | Shōjo – Shōjo-ai – Deportes

La creencia popular afirma que Ribbon no Kishi (1954) de Osamu Tezuka fue el primer manga shôjo de la historia. La verdad es que siendo estrictos esta afirmación es rotundamente errónea, y el pregonarla deja en el olvido el trabajo de algunos artistas que durante la preguerra trabajaron en el género, siendo el más conocido Katsuji Matsumoto autor de The Mysterious Clover (1934) y la muy popular Kurukuru Kurumi-chan, la cual estuvo en circulación de 1938 a 1940 en la revista Shōjo no tomo. Y sin olvidar a Shosuke Kurakane, quien durante los primeros años de la posguerra publicó Anmitsu Hime (1949 – 1955).

Ribbon no kishi, nacida como fruto de la influencia que el teatro Takarazuka ejerció en la vida de Osamu Tezuka, ciertamente significó un paso adelante en el desarrollo del género tanto en lo visual como en lo temático, emulando en cierta medida lo que años antes logró Shin Takarajima. Si bien Ribbon no kishi y el estilo Tezukiano dictaron el camino para algunos otros pioneros del género como Tetsuya Chiba, Leiji Matsumoto y Shotaro Ishonomori, los hechos son claros y la estética que hoy prevalece en el mundo shōjo no bebió de las fuentes de Tezuka, sino más bien de las provistas por Makoto Takahashi.

Fuertemente influenciado por el arte de Kashō Takabatake y Jun’ichi Nakahara, dos de los líderes artísticos de la cultura de chicas (Shōjo Bunka) durante las primeras décadas del siglo XX, Makoto Takahashi adoptó el estilo visual de las revistas para chicas de la preguerra para emplearlo en la construcción visual de sus mangas. De aquí que Takahashi sea reconocido como el inventor de esas páginas con paneles amplios y abiertos, y personajes de cuerpo completo lo cual sin duda evocaba a las portada de una revista para chicas.

Sakura Namiki nació en el seno de esa nueva cultura de chicas que surgió después del periodo Meiji (1868-1912) principalmente dentro del hermético mundo homosocial de las escuelas para chicas, y que tuvo su medio de expresión en las revistas shōjo de la época. Esto no sólo se ve reflejado en el aspecto estético del manga, sino que al mismo tiempo Takahashi emplea el argumento para explorar, y toma como eje central de su narrativa, uno de los elementos más importantes de la cultura de chicas: las fuertes relaciones emocionales entre colegialas. A diferencia de lo que realizó en una de sus anteriores obras, Paris-Tokyo, en donde los sentimientos de amor se enfocan en la relación padres-hijos, en Sakura Namiki estos sentimientos se canalizan en una relación entre chicas (S kankei). Este tipo de relaciones eran no sólo muy comunes durante la época, sino que incluso eran motivadas por los profesores y otras figuras de autoridad como una forma para canalizar y alejar los deseos heterosexuales de las chicas. Pero el amor entre féminas no se daba en una forma para nada sexual, sino en una forma totalmente espiritual (ren’ai).

En conclusión, Sakura Namiki no es sólo un manga que experimenta con la narrativa visual y que sienta las bases estéticas del género, sino al mismo tiempo es un viaje hermoso y sincero a través del inmaculado mundo de las chicas durante las primeras décadas del siglo pasado. Así que no tengan miedo si en algún momento gustan llamar “Padre del shojo” al señor Makoto Takahashi.

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